Los pueblos de colonización transformaron profundamente el paisaje rural español a mediados del siglo XX. Impulsados por el Instituto Nacional de Colonización durante el franquismo, estos nuevos asentamientos reorganizaron el territorio mediante grandes obras hidráulicas, nuevas tierras de cultivo y la llegada de familias campesinas.
Aunque también formaron parte de un proyecto político de control y propaganda, muchos de estos pueblos se convirtieron en espacios de innovación urbanística y arquitectónica, donde tradición y modernidad se encontraron en el campo. Este museo, situado en el antiguo cine de Valdelacalzada, invita a conocer esa historia y a descubrir el valor social, territorial y cultural de este singular legado.
Avanzando por cada sala de este Museo, el visitante conocerá cómo los pueblos de colonización formaron parte de un ambicioso proyecto de transformación del campo español: desde sus bases políticas, económicas y técnicas —la hidráulica, la planificación territorial, la financiación y el urbanismo— hasta el papel de arquitectos y artistas, la construcción de su imagen y propaganda, y la memoria y la realidad de estos pueblos en la actualidad.
Colonizar es por definición
fijar sobre un terreno la morada de sus cultivadores.
La extensión de un país no debe medirse en el mapa geográfico, sino en el agronómico. La geografía engaña. La vega de Zaragoza es más grande que la Mancha. Bélgica es mayor que España. Europa es más extensa que África.
Este objeto, que manifiesta su presencia, quiere ser una metáfora del pueblo, y de sus recuerdos.
El antiguo cine de Valdelacalzada, rehabilitado como Museo de los Pueblos de Colonización por Lorenzo Fernández Ordóñez y Fernando Porras-Isla (Estudio Guadiana), se concibe como una pieza arquitectónica de fuerte carga simbólica. El proyecto transforma el edificio en un objeto que “manifiesta su presencia” como metáfora del pueblo y de su memoria colectiva. Lejos de una intervención neutra, la arquitectura articula pasado y presente, integrando elementos contemporáneos que dialogan con la estructura original. Así, el edificio trasciende su función expositiva para convertirse en un espacio que evoca la identidad, la historia compartida y la evolución social de los pueblos de colonización.
“Este objeto, que manifiesta su presencia, quiere ser una metáfora del pueblo, y de sus recuerdos.”